Actualizado Viernes, 15 mayo 2026 - 01:57

Fue Aristóteles el que en un arranque de sincera perplejidad manifestó aquello de que "el principio es más de la mitad del todo". Y Aina Clotet, actriz antes que directora, no solo le da razón sino que hasta se la quita. Viva es su debut a la dirección y desde la primera a la última escena lo quiere todo. Y lo quiere aquí y ahora. Es principio, decíamos, pero fiel a la advertencia del estagirita, se diría que es mucho más. Presentada en la Semana de la Crítica, que es el lugar que Cannes reserva a las óperas primas, la película es drama, pero sin renunciar a la comedia extravagante; es película realista, pero con los suficientes toques de ciencia ficción para despistar al espectador más avisado; es puro deseo y celebración de la vida, pero camina al lado de la misma muerte. Tal cual. "Todo nace de mi voluntad de escribir de cosas que me preocupan profundamente, que me inquietan, que me divierten y que quiero entender. La semilla de la que nace todo es el miedo a la soledad y el miedo a la muerte. Ahí nació mi película y ahí, creo, que nace todo", dice por aquello de no decepcionar. O todo o nada.

La película arranca con una mujer sometida (ése es el verbo) a una mamografía. Y en ese gesto se diría que tan común ya lo da todo. "Recuerdo perfectamente la primera vez que me sometí a algo así porque me tocaba por edad. Creía que era algo así como una radiografía. Y para nada. ¿Por qué nadie avisa de lo que duele?", dice. Y en efecto, la escena en su realismo evidente duele. Duele porque la protagonista que no es otra que la propia Clotet lo hace saber con un grito y porque la escena, así, sin más, duele. "Te dejan la teta como un bistec y es bueno que se sepa", añade.

Desde ahí, y para situarnos, Viva cuenta la historia de una mujer cerca de los cuarentena que, tras ser operada de cáncer de mamá, pasa un año en dura pelea con el mundo ante la amenaza siempre presente de una recaída. Pronto, el foco de la historia cambia y de lo que se trata ahora es de cómo vivir plenamente después del trauma. Y es en ese momento, cuando todo empieza a cobrar sentido, intensidad y principio incluso en el modo aristotélico de antes. De lo que se trata es de reconciliarse con la identidad, con el cuerpo, con el deseo perdido. De lo que se trata es de derribar las ideas preconcebidas, las normas y los gestos repetidos. De lo que se trata es de empezar de nuevo, pero no desde el inicio, sino desde mucho más allá de la mitad de todo. Entonces, el propósito de la película coincide con su forma. Sin pensárselo dos veces, un debut que es también un triple salto mortal.

"Entiendo", razona la autora, "que es un viaje de liberación que pasa necesariamente por romper las estructuras". Y sigue: Se trata de reapropiarse del deseo, que no es más que la otra cara del miedo. La idea no es otra que ocupar un cuerpo diferente, apropiárselo. Eso lo veo en las nuevas generaciones que aceptan otras realidades no normativas. La fuerza de la vida no entiende de reglas y normas. Basta ya de desear cuerpos que no tiene nadie. Cada uno y cada una tiene su propio cuerpo y lo tiene que hacer suyo". Queda claro.

Esta en la naturaleza del "todo o nada" de Viva enseñar lo que tiene que ser enseñado de manera completamente frontal. Hay sexo y el sexo se ve, se siente y, como decía aquél, se sexa. "Por supuesto que trabajamos con coordinadores de intimidad. Pero soy consciente de que filmar una escena íntima ahora mismo sin caer en reproducir los esquemas de la mirada masculinizada exige romper con los mismos clichés a los que, de otra manera, se enfrenta la protagonista con las cicatrices de su operación a la vista. Pocas partes del cuerpo de la mujer se han sexualizado tanto como los senos. Y de ahí, el riesgo y la necesidad de ofrecer un punto de vista diferente", insiste.

La película discurre en un futuro extraño donde la sequía arrasa con todo, donde es posible alargar la vida mucho más allá de lo razonable, pero un devenir perfectamente reconocible pese a sus rarezas. "Prefiero pensar que más que de ciencia ficción, se trata de realidad aumentada", dice. La cinta es tragedia, pero sin que se note. El tono, de principio a fin, se acerca más a la comedia sin freno y extravagante porque sí. Y a medida que avanza, Viva se deshace en frases grandilocuentes, locuras sin dueño y felices ocurrencias. Aina buscaba una película entre la fiebre y el deseo, entre la muerte y la obligación de vivir, entre la actriz que es y la directora que aspira a ser, entre Aina y Clotet. Y lo ha conseguido. Lo que queda es un ejercicio de cine tan descontrolado e irrefrenable como, admitámoslo, feliz en su caos. Acaba de empezar y ya ha llegado a más de la mitad. Un debut aristotélico, sin duda.

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