Desde hace décadas, muchas viviendas europeas esconden en sus sótanos y cuartos de calderas una tecnología que nació hace 210 años, cuando las máquinas de vapor de la Revolución Industrial podían convertirse en trampas mortales para los trabajadores. Su inventor fue un joven pastor escocés que en 1816 patentó un motor con el propósito de ofrecer una alternativa más segura a aquellas calderas que explotaban y provocaban víctimas. Casi dos siglos después, su creación encontró una segunda vida inesperada: transformar los sistemas de calefacción domésticos. El pastor que quiso acabar con las explosiones. A comienzos del siglo XIX, la industrialización británica dependía cada vez más de las máquinas de vapor para impulsar fábricas, minas y sistemas de transporte. Las deficiencias de los materiales, los problemas de mantenimiento y las limitaciones de los dispositivos de seguridad provocaban explosiones de calderas que podían matar o causar graves quemaduras a los trabajadores. Robert Stirling, un pastor presbiteriano escocés de apenas 25 años, conocía los peligros de aquella tecnología y buscó una alternativa que redujera sus riesgos. El 27 de septiembre de 1816, apenas ocho días después de su ordenación religiosa, solicitó una patente que acabaría dando nombre a uno de los motores térmicos más singulares de la historia. En Xataka Un niño de Sierra Leona comenzó a recoger chatarra para fabricar su propia batería. Lo que logró lo llevó directo al MIT con 15 años Un motor que funcionaba de otra manera. La solución de Stirling consistía en aprovechar las diferencias de temperatura para generar movimiento mecánico mediante un gas encerrado en un circuito. Al calentarse, el gas se expande y ejerce presión sobre un pistón; cuando se enfría, se contrae y permite repetir el ciclo, convirtiendo ese movimiento alternativo en energía mecánica. El combustible se quema fuera del espacio que contiene el gas de trabajo, evitando la necesidad de producir vapor de agua a alta presión como en las calderas tradicionales. El inventor incorporó además un regenerador térmico capaz de almacenar temporalmente parte del calor y devolverlo al sistema, una innovación que mejoraba su eficiencia décadas antes de que se consolidaran las leyes modernas de la termodinámica. Robert Stirling El invento que la industria terminó dejando atrás. El motor Stirling llegó a utilizarse durante el siglo XIX en aplicaciones industriales y agrícolas, especialmente para accionar pequeñas máquinas y bombear agua. En 1843, James Stirling, hermano del inventor e ingeniero de profesión, desarrolló una versión destinada a una instalación industrial, demostrando que la tecnología podía funcionar fuera del ámbito experimental. Sin embargo, las dificultades para fabricar componentes resistentes a temperaturas elevadas limitaron su potencia y fiabilidad. El perfeccionamiento de las máquinas de vapor y, posteriormente, la expansión de los motores de combustión interna acabaron relegándolo a aplicaciones especializadas, mientras otras tecnologías dominaban el transporte y la producción industrial. Ilustración de la solicitud de patente de 1816 de Robert Stirling para el diseño de motor de aire que más tarde se conocería como motor Stirling El regreso de una tecnología de 1816. Las crisis petroleras de la década de 1970 reavivaron el interés por sistemas capaces de aprovechar mejor la energía y utilizar diferentes fuentes de calor. Los avances en materiales, intercambiadores térmicos y sistemas de control permitieron recuperar posibilidades que habían resultado difíciles de explotar durante el siglo XIX. A finales de los años noventa y comienzos de los 2000, empresas europeas comenzaron a desarrollar equipos domésticos de microcogeneración basados en motores Stirling. La propuesta consistía en integrar aquella tecnología bicentenaria en las calderas de las viviendas para obtener dos productos útiles a partir de una misma fuente energética: calor y electricidad. Motor Stirling en funcionamiento Una pequeña central eléctrica en el sótano. El funcionamiento doméstico aprovecha el calor producido por una caldera, generalmente alimentada con gas, para accionar un motor Stirling conectado a un generador eléctrico. Al mismo tiempo, el sistema recupera energía térmica para proporcionar calefacción y agua caliente, reduciendo las pérdidas asociadas a producir ambos servicios por separado. En septiembre de 2000, The Guardian describió equipos desarrollados por empresas como WhisperTech y SunPower, capaces de generar alrededor de un kilovatio de electricidad, una potencia suficiente para alimentar simultáneamente varios electrodomésticos de bajo consumo. Aquellos dispositivos anticipaban una forma de generación distribuida en la que cada vivienda podía producir parte de la electricidad que necesitaba. Generador Stirling Philips MP1002CA de 1951 La promesa de millones de hogares autosuficientes. El entusiasmo inicial por la microcogeneración llegó a alimentar previsiones extraordinariamente ambiciosas. Un informe elaborado por EA Technology para el sector eléctrico británico calculaba que, en 2025, hasta 13 millones de los 23 millones de hogares que entonces tenía Reino Unido podrían disponer de pequeños generadores domésticos. Según aquellas estimaciones, su producción conjunta durante los momentos de mayor demanda alcanzaría entre 15.000 y 23.000 megavatios, una cantidad comparable a toda la potencia nuclear británica de la época. También se proyectaban ahorros de entre 150 y 300 libras anuales por vivienda, aunque esas cifras correspondían a escenarios comerciales que finalmente no se materializaron a semejante escala. En Xataka Una startup ha creado una máquina que fabrica gasolina con aire, agua y electricidad. Es su apuesta para salvar al motor de combustión La segunda vida del motor de Stirling. Durante los años siguientes aparecieron equipos comerciales de microcogeneración doméstica, entre ellos modelos desarrollados por fabricantes europeos como Viessmann, que incorporaban motores Stirling para producir calor y electricidad. Su implantación quedó limitada por los costes de adquisición, las necesidades de mantenimiento, la evolución de los precios energéticos y la competencia de tecnologías como las bombas de calor y los paneles solares. Aun así, su utilización demuestra la vigencia de un principio mecánico concebido cuando la electricidad doméstica todavía pertenecía al futuro. Dos siglos después de que un pastor escocés buscara una forma de reducir las muertes asociadas a las máquinas de vapor, su invento encontró un lugar inesperado en algunas casas europeas, convertido en una tecnología capaz de aprovechar el calor para generar electricidad. Imagen | Picryl, Wikimedia, Paul U. Ehmer, Geni En Xataka | A falta de árboles, buena es su sombra: un estudiante alemán ha inventado un textil que da sombra, respira y deja pasar viento y lluvia En Xataka | Llevamos años intentando reinventar la rueda, y lo que había que hacer era sustituirla por pelotas de pilates - La noticia En los sótanos de las casas europeas funciona un motor patentado en 1816 por un pastor escocés para evitar que los obreros murieran quemados fue publicada originalmente en Xataka por Miguel Jorge .