Sadam Hussein nunca vio en el fútbol un arma política de primera magnitud. Sí hubo excepciones. En 1984, cuando la guerra con Irán se convirtió en una cadena de derrotas del ejército iraquí, Hussein Kamil, suegro del dictador, obligó a la Federación a que el equipo del Ejército fuera campeón de Liga a toda costa. Era una cuestión de moral nacional. Hubo partidos imposibles, prolongaciones de más de media hora, árbitros amenazados en pleno juego… El campeón estaba decidido de antemano.LPara Sadam, el fútbol era algo residual. Para su hijo Uday, no. Para él era una cuestión de vida o muerte.

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