Actualizado Miércoles, 21 octubre 2026 - 23:11
«Torero, cura y bandido. No sé inglés, tampoco francés, tengo una cicatriz enorme en la cara y llevo peluquín». Así, entre bromas y veras, despiadado, divertido y hasta un poco cruel, se presenta a sí mismo el más grande e internacional de los actores españoles. Hasta pensó, dice, hacer una tarjeta de visita con la descripción de marras. Su voz metálica -«de trompeta rota», como recuerda su compañera de toda una vida Asunción Balaguer- ocupa cada segundo del documental 200 vidas, Paco Rabal, de Vanesa Benítez. Francisco Rabal se cuenta y, a través de cada uno de sus pesares, sus anécdotas, sus infinitos dolores, grandes y pequeños, y sus miedos emerge, ahora que se cumplen 100 años de su nacimiento, la más brillante, tersa e infranqueable contradicción de la que ha sido capaz el cine español primero y España entera después.
El galán más celebrado del franquismo y amigo íntimo del director falangista Rafael Gil fue, en verdad, comunista. Lo fue siempre por pobre y por hijo de minero. El gran seductor de apostura y gesto siempre heroico fue, en verdad, un tipo frágil, esencialmente vulnerable, siempre pendiente del amparo de los suyos. El mujeriego infatigable del que habla la leyenda fue, en verdad, un hombre sencilla y eternamente enamorado de la mujer a la que juró amar siempre desde la primera vez que la tocó «con su mano grande y helada». Paco Rabal fue, en verdad, lo mismo y contrario de Paco Rabal.
«Me gusta siempre trabajar con material de archivo, pero nunca imaginé nada semejante», comenta la directora del documental a modo de presentación. Lo que descubrió Benítez apenas se acercó a la figura de su retratado fue la documentación detallada de una existencia entera a través de innumerables películas de Súper 8 y más de 90 cintas de casete donde Rabal reflexiona, improvisa poemas, imagina mundos y, ya se ha dicho, se cuenta. A todo ello, se suman las innumerables cartas que enviaba con una fruición casi diaria a la familia, a los amigos, a Buñuel. «Él», recuerda ahora su hijo Benito, «no pensaba en la posteridad ni nada parecido. Todo lo que grababa lo hacía para enseñárnoslo luego a la familia y que viéramos los lugares del mundo donde había estado. Nada más. Él jamás se consideró una estrella, era un trabajador, un trabajador de la cultura».
200 vidas no cuenta, toca la piel misma del actor. Sin renunciar a repasar la vida, la obra y todo lo demás desde sus primeros trabajos en los Estudios Chamartín con 16 años («Hijo, haz las cosas bien para poder protestar luego», fue el consejo paterno ) hasta su ultimísimo papel confundido en el cuerpo y alma del Goya de Saura pasando por el Nazarín de Buñuel, el Azarías de Los Santos Inocentes o el torero retirado de Juncal; sin dejar de contarlo todo, decíamos, lo relevante de la película de Benítez reside en todo lo que deposita con cuidado en los márgenes.
Allí está la película que rodó con sus hijos titulada El bandido que secuestró a la hermosísima maestra. «Generalmente», recuerda Benito, «el protagonista era yo, pero esta vez lo fue mi hermana. Ella era la maestra secuestrada por un villano que solo quería aprender a leer y escribir». Allí se encuentra el temor a perder el pelo porque eso significaba «que se podía quedar sin trabajo». Allí luce orgullosa la decisión de no dejarse seducir por Hollywood. «Mi padre recibió a la vez una oferta para trabajar con Ava Gardner y Tony Franciosa y otra para un papel importante en el Cid de Charlton Heston y Sophia Loren. Dijo que no a las dos para irse con Buñuel», cuenta Benito. Allí, en el espacio libre que deja todo lo que deslumbra, está la pena por no poder evitar la muerte de la madre por meningitis y el orgullo de curar la silicosis del padre. Allí está Paco Rabal, igual y completamente distinto a sí mismo. Lo que queda es una película que antes que contar nada se cuenta sola en cada cicatriz de un actor que fue y aún es la más brillante contradicción que ha dado el cine y la misma vida.
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