La ciudad de Stevenage, 20 kilómetros al norte del Gran Londres, no parece tener más relación con la geopolítica que el hecho de haber pretendido ser Washington en la película Juego de espías, de Tony Scott, con Robert Redford y Brad Pitt como protagonistas, que se rodó en ella hace 25 años. Eso, y tener como vecino a Ken Follett, el autor de bestsellers de intriga que empezó su carrera en el género del espionaje, con títulos como Triple, El ojo de la aguja y La clave está en Rebeca.
Pero Stevenage es, también, una de ciudad clave en la guerra de Ucrania. El mayor proveedor de empleos de la ciudad es MBDA, la empresa franco-británico-italiana de misiles entre cuyos productos están los Storm Shadow (en Reino Unido) y SCALP-EG (en Francia), que jugaron un papel fundamental en la defensa de Ucrania en 2023 y 2024. Aunque las cifras son secretas, se estima que el Reino Unido ha entregado a Kiev varios cientos de unidades, mientas que Francia ha transferido, al menos oficialmente, unas 140.
El jueves, el primer ministro británico Andy Burnham -el mismo que llamó a Rusia el domingo "enemigo"- decidió la entrega de más Storm Shadow a Ucrania después de reunirse con el presidente de ese país, Volodimir Zelenski, en Londres. La noticia, publicada por la agencia de noticias Bloomberg, no ha sido desmentida, y parece formar parte de la estrategia del Reino Unido, y también de la UE, de aumentar la ayuda militar a Ucrania ante el progresivo alineamiento de Estados Unidos con Rusia en la guerra.
En principio, el plan de Burnham tiene lógica. Los Storm Shadow son francobritánicos, no estadounidenses, con lo que incrementan la autonomía estratégica y táctica ucraniana. Pero la realidad es más compleja, y pone de manifiesto la debilidad de la Defensa europea en relación a EEUU. La clave es que el misil tiene componentes clave, como el mapa de Rusia que emplea para guiarse, que es estadounidense, lo que da a Washington derecho de veto sobre el uso de esa arma en el campo de batalla.
Así es como el Gobierno de Joe Biden prohibió a Ucrania y al Reino Unido el uso de esa arma contra el territorio ruso, aunque posteriormente fue levantando todas sus restricciones. La llegada de Trump a la Casa Blanca, sin embargo, cambió las cosas. Y, desde agosto de 2025, el Pentágono tiene derecho de veto en el lanzamiento de misiles contra territorio ruso.
Eso arroja una sombra de duda acerca de la operatividad de los nuevos cargamentos de misiles para Ucrania. En especial porque el Storm Shadow, que tiene un alcance de 250 kilómetros y una cabeza de guerra con 110 kilos de explosivos, puede ser muy útil para que Kiev siga bombardeando las refinerías rusas. Parece, sin embargo, poco probable que Trump apruebe esas misiones, dado su convencimiento de que esos bombardeos son los causantes de la subida del precio del gasoil de carreta y calefacción en Estados Unidos, pese a que los datos de, por ejemplo, el gigante del trading de materias primas Vitol reflejan que la guerra de Irán -lanzada por EEUU e Israel- ha quitado del mercado mundial de fueloil casi tanto fueloil como los bombardeos ucranianos sobre Rusia.
El despacho de los Storm Shadow británicos es un puente hacia la fabricación por Ucrania de la versión francesa de esos misiles, el SCALP-EG, que ha sido autorizada por París y Londres. Pero, al igual que en otros muchos programas de ayuda a Kiev, ese proceso será largo. Es probable que pasen varios años antes de que Ucrania logre alcanzar un nivel de producción de misiles suficiente para sus necesidades bélicas. Porque uno de los mayores problemas de la defensa ucraniana, especialmente en lo que se refiere a misiles es su falta de capacidad industrial para producirlos en la cantidad necesaria.
Y, aparte, esto no elimina el control de EEUU sobre los misiles. Por eso, Londres tienen una tercera pata en su estrategia: tres sistemas de armas que no han sido desvelados -pero que parecen ser misiles- que llevan desarrollándose desde el verano y que no necesitarían ninguna autorización de Washington para sr plenamente operativos.
Los tres sistemas fueron pactados por Zelenski y Keir Starmer, el predecesor de Burnham, que ha mantenido el programa. Lo único que se sabe de ellos es que están siendo ya probados tanto en el Reino Unido como en Ucrania, donde Londres mantiene un reducido contingente militar, uno de cuyos miembros murió en un bombardeo ruso en 2025. Son proyectiles de 500 kilómetros de alcance, o sea, el doble que el Storm Shadow, pero menos precisos que éstos. Su gran ventaja es que son mucho más batatos y fáciles de construir.
Con todo, estas soluciones no pasan de ser parches, aunque siguen las pautas más eficaces a la hora de ayudar a Ucrania: colaboración con Kiev, transferencia de tecnología, y autorización a que Ucrania decida qué quiere, cómo lo puede producir ella misma y en qué situaciones lo va a usar.
Lo mismo pasa a nivel europeo. La decisión de Elon Musk de reducir el acceso de las unidades ucranianas de primera línea y de lanzamiento de drones y misiles a su red de comunicación satelital Starshield no tiene solución. La UE está estudiando abrir a Ucrania su red de satélites GOVSATOM -formada por, entre otros, Alemania, Francia, Italia y España- que, además podría verse reforzada por otras constelaciones satelitales, como Eutelsat OneWeb y SES. Pero eso no llegaría antes de 2027 y, para entonces, podría ser demasiado tarde para Ucrania. Además, el tiempo de respuesta de GOVSATOM es más lento que el de Starshield, y su red de satélites es de 600, frente a los casi 7.000 de Starlink, que es la que emplea Starshield. El Reino Unido y la UE están tratando de escalar la ayuda a Ucrania. Pero no está claro que tengan en sus arsenales el reemplazo a lo que Elon Musk y Donald Trump le están quitando a ese país.
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