Fuente de la imagen, The Estate of Ana Mendieta Collection, LLC

Fecha de publicación 4 octubre 2026

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Delante de mí, en la fila para entrar a la Tate Modern en Londres, había una mujer con unos zarcillos que tenían el rostro de Frida Kahlo pintado, así como un bolso en el que se repetía la imagen.

Estaba muy a tono para la ocasión: hay una gran exposición de la artista mexicana en la galería.

Pero yo había ido a ver, por primera vez, la obra de otra latinoamericana, una cubana-estadounidense que, tanto literal como figurativamente, dejó su huella en el arte contemporáneo.

Ana Mendieta nació en 1948 en una Cuba que era el sueño de algunos, pero no el de otros, y cuando en 1959 la Revolución les cambió la vida a todos, sus padres la enviaron con su hermana a Estados Unidos.

Tenía 12 años, los suficientes como para intuirse como persona, pero le faltaban varios para definirse, y esos los pasó sin sus padres, en orfanatos y hogares de acogida en Iowa.

De ese brusco contraste de una vida privilegiada rodeada de su familia en la isla caribeña, a otra solo con su hermana entre praderas sin olas e inviernos desconocidos, surgió una artista.

Durante 16 años, en EE.UU., México, Cuba e Italia, se expresó con pintura y metal, flores y sangre, hojas y cenizas, plumas y pólvora, arena y velas, de manera discreta o alarmante, y a menudo con la marcada presencia o ausencia de su propio cuerpo.

Hasta que, una madrugada de otoño de 1985, cayó desde una ventana del piso 34 de un edificio en Nueva York, en circunstancias que aún causan controversia y que incluyen un polémico juicio en el que su esposo, el artista Carl Andre, fue acusado y absuelto de asesinato.

Su muerte sigue generando dudas, y en los últimos años ha vuelto a la conversación pública: en 2022, la curadora Helen Molesworth la revisitó en el podcast Death of an Artist, que fue criticado por caer en el sensacionalismo y centrarse más en Andre que en ella misma.

La historia había sido narrada antes en el libro Naked by the Window (1990), de Robert Katz, y pronto llegará a la pantalla: Amazon prepara una serie basada en ese libro, protagonizada y coproducida por la actriz America Ferrera.

Para muchos admiradores de Mendieta, ese trágico final eclipsó su obra y la redujo a una víctima; por eso al exponerla o hablar de ella, no lo mencionan.

Yo debo confesar que, hasta hace un año, cuando por casualidad me topé con una imagen de una de sus creaciones, no sabía ni de la tragedia ni de la obra de la artista.

Me fascinó inmediatamente, y ahí se me fue quién sabe cuánto tiempo explorando lo que había hecho, hasta que quedé encantada con la idea de que hubo una vez, en los años 70 y 80, una artista que iba a bosques, cuevas y ríos, y dejaba su obra fundida con la naturaleza.

Fuente de la imagen, Colección de Ana Mendieta, LLC.

Pero además del encanto, me quedó una gran incógnita: por qué si su obra y su historia eran tan cautivadoras, no había oído hablar de ella.

Así que cuando conversé con Elsa Collinson, una de las curadoras de la exposición de Mendieta en la Tate Modern, eso fue lo primero que le pregunté.

"Durante su vida no fue muy conocida por el público general, aunque siempre ha sido muy apreciada por los artistas. Por eso, muchos suelen encontrarse con su obra porque un amigo se la recomienda. Y tiene exactamente ese efecto que tú describes: una vez que la ves, ya no puedes dejar de pensar en ella. De algún modo, la obra se queda en la mente", respondió.

"Su reconocimiento no empezó a extenderse realmente hasta después de su muerte, y sobre todo en los últimos años, en parte gracias a las exposiciones que se han organizado recientemente", añadió.

Esa es una de las razones, pero hay otra esencial.

Debido a la naturaleza misma de las obras de Mendieta, durante muchos años no estuvo del todo claro cómo coleccionarlas o conservarlas, pues en buena medida son efímeras.

Aunque también trabajó con la escultura, el dibujo y la pintura, muchos de sus trabajos más inolvidables fueron performances e instalaciones que no perduraban físicamente.

"Ana Mendieta hablaba de su obra como algo que existía de dos maneras: o bien se erosionaba y desaparecía en la naturaleza, o bien sobrevivía como documentación", apunta Collinson.

"Eso dice mucho de cómo su obra se sitúa, en cierto modo, en un territorio intermedio. Muchas veces consistía en registrar determinadas acciones en el paisaje, que realizaba ella misma, prácticamente siempre en solitario, y que después fotografiaba o filmaba en Super-8, un formato cuya duración es muy limitada.

"Por eso, su práctica artística resulta, en algunos sentidos, difícil de apresar".

Por fortuna, se fue encontrando la forma de capturar algo de esas obras desaparecidas, ya fuera con esas fotos y filmes, o con recreación e imaginación.

Fuente de la imagen, The Estate of Ana Mendieta Collection, LLC

En Ñáñigo Burial (1976), por ejemplo, Mendieta trazó en el suelo la silueta simplificada de un cuerpo femenino con 47 velas negras de cera. Las encendió y dejó que ardieran; las velas se derretían pero la silueta permanecía dibujada con la cera acumulada bajo ellas.

Concebida originalmente como una acción en una galería de Nueva York, la obra era efímera y no portátil, pero desde 1990 ha sido recreada en distintas exposiciones, tomando como referencia las fotografías de la instalación original.

"Las 47 llamas ardiendo mantienen vivo en el presente el espíritu de lo que Mendieta creó", comenta en el catálogo de la exposición Catherine Wood, directora de la Tate Modern.

Lo que Mendieta dejó es como una historia ilustrada.

"Me alegra mucho que digas eso, porque es algo que también tuvimos en cuenta cuando estábamos estructurando la exposición", dice Collinson.

"Su obra no cuenta una historia en un sentido lineal, pero hay hilos que recorren toda su práctica: ideas y preguntas en torno a su propia sensación de desarraigo, su conexión con la naturaleza, a las que volvió una y otra vez, en distintos medios y de distintas formas, a lo largo de su vida.

"De algún modo, todo forma parte de una gran historia: su deseo de reconectar con la de ella, con la naturaleza y también con aquellas civilizaciones que la precedieron", señala la experta.

Sobre eso último, la misma Mendieta declaró en 1984: "Mi obra se inscribe básicamente en la tradición del arte neolítico".

Y sí, al ver su abstracción de la figura femenina, grabada en roca, dibujada en papel amate (la corteza que usaban los pueblos originarios de México) o hecha de arena, te recuerda muchos a diversas culturas antiguas.

Es más, en algunos casos, como en la serie Esculturas Rupestres que realizó en Cuba en 1981, como les tomó fotos en blanco y negro, te da la sensación de estar viendo un documento de arqueología.

Fuente de la imagen, The Estate of Ana Mendieta Collection, LLC

Pero remontándonos atrás en esa gran historia, hay capítulos contados con sangre, como Rape Scene (Escena de violación, 1973), su provocadora y violenta respuesta a la violación y el asesinato en el campus de la Universidad de Iowa de una estudiante de enfermería. Mendieta cursaba allí Intermedia (arte entre disciplinas).

En su apartamento, se cubrió de sangre, se ató inclinada a una mesa y permaneció así, con la sangre goteando por sus piernas y formando un charco a sus pies, dejando la puerta abierta.

De eso quedan fotos y palabras.

También expresó su indignación en Sweating Blood (Sudando sangre, 1973), filmando su rostro mientras unas gotas de sangre se acumulan lentamente en su frente y resbalan poco a poco.

Más tarde, el móvil cambió, pero la sustancia permaneció: "Empecé a utilizar sangre de inmediato; supongo que porque considero que es muy poderosa y mágica. No la veo como una fuerza negativa", le dijo Mendieta, a Judith Wilson en una entrevista de 1980 para The Village Voice.

En Body Tracks (Rastros corporales, 1974), con las manos y antebrazos cubiertos de sangre, dibuja el contorno de un árbol en una pared, estirándose desde arriba hasta quedar arrodillada en el piso; se levanta y se va.

Son obras perturbadoras, pero tienen algo hermoso y atrapan.

Y luego está una singular metamorfosis, documentada en el filme Blood + Feathers, en el que la artista vierte sangre sobre su cuerpo desnudo antes de revolcarse en un montón de plumas blancas hasta quedar cubierta, y sale a correr por la orilla arenosa de un arroyo.

Fuente de la imagen, The Estate of Ana Mendieta Collection, LLC

Le interesaba la transformación, en este caso de humano a ave, y más tarde de humano a naturaleza.

Es entonces cuando algunas de sus obras se convirtieron en una versión poética y memorable de ese "Yo estuve aquí" que visitantes anónimos alguna vez dejaron en lugares que los emocionaron.

Muchas ya no están ahí, y ella sabía que así sería.

Las borraría el viento, o las olas, a veces las plantas o el fuego, pero siempre el tiempo.

No obstante, estuvieron.

Y tanto la presencia como la ausencia fueron sustancia de su creación.

"Su serie Silueta, que es quizá la serie que más conocen quienes han oído hablar de su obra, comenzó con Imagen de Yágul, que realizó en México durante una de sus visitas a los sitios arqueológicos".

Era el sitio de Yágul, en Oaxaca, donde se tendió desnuda en una antigua tumba zapoteca, con el cuerpo cubierto de flores blancas.

Fuente de la imagen, The Estate of Ana Mendieta Collection, LLC.

La serie Silueta fue cambiando.

Su cuerpo fue desapareciendo poco a poco.

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