Actualizado Viernes, 15 mayo 2026 - 23:05
Cuando las dos máximas figuras del toreo irrumpieron sobre el ruedo en los albores de la tarde, la plaza puso en pie una ovación rendida. Nada para la que siguió a continuación cuando deshicieron el paseíllo, entre palmas por bulerías. Morante de la Puebla y Andrés Roca Rey, heridos de gravedad en la Maestranza el 20 y 23 de abril, respectivamente, compartían reaparición como compartieron hospital por aquellos días aciagos de la primavera sangrienta. Apenas un mes después, reconstruidos y concienciados de volver a tiempo, se citaron contra el reloj y la lógica, como si no quisieran regresar el uno sin el otro, apretando Roca Rey su exhaustiva recuperación cuando se supo con antelación que Morante no faltaría en Jerez. Fue lo único que compartieron en esta tarde con la suerte absolutamente descompensada en la notable corrida de Jandilla. Roca Rey, intacto y en tromba, apuró todas sus balas (cuatro orejas); Castella, que andaba por allí como cuota empresarial, algastó las suyas (una oreja); y Morante careció de cualquier opción.
El maestro de La Puebla venía contento con el aliciente de inaugurar el monumento por él promovido como homenaje a Rafael de Paula. Fue, por tanto, una mañana también muy emotiva. Y en la mañana se quedó toda la emoción. Morante brindó el toro de apertura de la corrida de Jandilla al hijo del irrepetible genio gitano de Jerez, Bernardo Soto, quien había bordado frente a la estatua de su padre un discurso de muñecas quebradas.
Guerrero, que así se llamaba el bonito toro, se prestó poco al arte con sus distracciones -esa fijeza en la hontananza- y su falta de ritmo. También le faltó entrega y verdad. El viento -de poniente, decían- tampoco ayudó y, además, condicionó los terrenos. Tres hondas verónicas -interrumpidas por su primer amago-, unos ayudados sabrosos ayudados por alto -prodigiosa la izquierda al soltarse- y una serie de redondos prometedora antes de que Guerrero acabase con todas las promesas, empeorando inquietantemente por momentos cuando MdlP cogió la izquierda. No hubo caso, resuelto con torería, pinchazo, estocada y descabello.
Sebastián Castella arrancó ilusionante. O, realmente, más ilusionaba el burraco de jandilla. Suelto de carnes, descolgado, franco y con un tranco notable. Castella se arrebató en el saludo -por verónicas y chicuelinas-, en el quite -por chicuelinas y tafalleras- y en el principio de faena -por estatuarios y un lío formidable-. Pero todo lo demás fue un desperdicio del buen toro -acusó el gasto- en una larga labor que se fue hasta el aviso sin decir mucho. O nada. La espada arruinó las expectativas de algún premio, si alguien las concebía por los efluvios de la feria.
Roca Rey volvió a tope tanto físicamente como de ambición. Contó con un toro extraordinario, Vivaracho. Largo, de generosísimo cuello y una embestida igual de generosa, abierta, amplia, soltándose un metro de la muleta. El astro peruano lo vio claro. Y atacó en tromba desde el prólogo de rodillas con una trinchera y un pase cambiado escalofriante. El poniente no parecía molestar su determinación con la muleta flameando. Por una y otra mano, Roca Rey le dio fiesta a Vivaracho muy encajado, todo por abajo, redondeando al alza las mandonas series con circulares invertidos -a veces empalmados al de pecho- que ponían la plaza del revés. Como las bernadinas de despedida. La única fisura que quizá se notó de la cornada fue a la hora de matar -cuando sucedió el percance de Sevilla-, no por la efectividad, sino por la manera de cobrarla: una estocada trasera, contraria y atravesada al meter el brazo. Necesitó de un golpe descabello. Le entregaron las dos orejas del espléndido Vivaracho.
La mala suerte se juntó toda en el lote de Morante, con un cuarto toro que se agarró mucho al piso. La faena reunió un esfuerzo sordo, un toreo aquilatado -todo el clasicismo de la tarde concentrado allí-, la música callada, como escribió Bergamín de Paula. Le reclamaban a voces al maestro un homenaje, otro, en el ruedo. No se alivió en ningún momento, tan embrocado y valiente, pero las resistencias del obediente toro a viajar aumentaron hasta casi pararse. No encontró eco aquello, con el peso de lo auténtico, pero sin alzar el vuelo. Volvió Morante a encasquillarse con la espada. Quizá fuera este el verdadero tributo a Rafael, el de una faena con la música callada.
La faena reunió un esfuerzo sordo, un toreo aquilatado -todo el clasicismo de la tarde concentrado allí-, la música callada, como escribió Bergamín de Paula
Fue el quinto de Borja Domecq otro toro de fantástico son, diría que aún mejor que Vivaracho este Batanero. Su clase superlativa y su ritmo sostenido se entregaron en una bravura excelente. Terminó de decantar la tarde hacia el toreo moderno: Sebastián Castella armó una faena al por mayor que, tras media estocada y descabello, le valió una oreja.
La guinda de la corrida la puso Roca Rey yéndose a porta gayola con el sexto -de muy pobre presencia- a tumba abierta. No mereció la notable corrida de Jandilla este bicho como cierre. Se movió con bondad y valió a Roca Rey para estar muy por encima y ensayar un volapié como si entrase a matar al carretón. Perfecta la estocada, que valió sumar otra oreja a la que se presentía. Cuatro orejas como abultado botín. Casi tres horas después de sonar los clarines se llevaban al peruano a hombros, intacto y en tromba.
PLAZA DE TOROS DE JEREZ. Viernes, 15 de mayo 2026. Lleno de «no hay billetes». Toros de Jandilla; bonitos, impresentable el 6º; extraordinarios 3º y 5º; bueno el 2º; distraído el 1º; el 4º agarrado al piso; se movió el 6º.
MORANTE, DE NEGRO Y ORO. Pinchazo, estocada y descabello (saludos); un pinchazo y pinchazo hondo (palmas
CASTELLA, DE ROSA Y ORO. Dos pinchazos y estocada. Aviso (silencio); media estocada y descabello. Aviso (oreja).
ROCA REY, DE NEGRO Y ORO. Estocada trasera, contraria y atravesada y descabello. Aviso (dos orejas); gran estocada (dos orejas).
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