Actualizado Miércoles, 23 septiembre 2026 - 20:02
Fue Kafka el que en Informe para una academia hacía decir al protagonista de su relato aquello de: "Hablando con sinceridad os digo: vuestra simiedad, estimados señores, no podría estar más alejada de vosotros que lo que la mía está de mí. Sin embargo, le cosquillea los talones a todo aquel que pisa sobre la tierra, tanto al pequeño chimpancé como al gran Aquiles". El que hablaba era Peter el Rojo y, en efecto, era un mono. En el caso de En el corazón de la bestia se trata de un perro y, al contrario del héroe kafkiano, todo lo que tiene que decir lo dice con los ojos. Pero se puede afirmar sin temor a equivocarse que si arrancara a decir algo diría lo mismo que Peter. Su caninidad, lo queramos o no, es la nuestra.
Sobre este adorable presupuesto, David Ayer, ex soldado y director de cine que a buen seguro desayuna dos tazas de testosterona cada mañana, propone con Brad Pitt algo parecido a lo que J.C. Chandor hizo con Robert Redford en Cuando todo está perdido. Aquella era la historia de un hombre en mitad del Índico que, de repente, se veía solo, a la deriva y convertido en un náufrago de nuestros tiempos. Ahora, estrella por estrella, el héroe de En el corazón de la bestia se encuentra en lo profundo de los bosques de Alaska. Por culpa de un infarto inoportuno mientras pilotaba su avioneta, se ve en en el centro de ninguna parte y rodeado de osos, lobos, zarigüeyas, alces, salmones, ríos caudalosos y árboles altísimos. La naturaleza, en según qué sitios, es muy prolija. Eso sí, no está solo, le acompaña Odín, al que interpreta con un rigor de método que para sí quisiera Rin Tin TinUber (como la aplicación), un pastor alemán procedente de Nueva Zelanda. Suena raro, pero es así.
Lo que sigue es exactamente lo que se promete en el cartel: una dirección enérgica, vibrante y musculosa a la mayor gloria de un actor que aún aguanta enérgico, vibrante y musculoso. Y todo ello, debidamente aliñado con un perro de ésos que llevan en los ojos el cartel de "Acariciame". Por si la mirada acuosa no fuera suficiente (que lo es), al pobre le falta una pata que sustiuye con una prótesis. Vamos, que para no quererlo. Director y actor, por cierto, ya coincidieron a lomos de un tanque en Corazones de acero, una drama bélico que discurría en la Segunda Guerra Mundial que confundía las hormonas con la munición.
Hasta aquí todo lo esperable según el guion del más protocolario y hasta digno de los blockbusters. Los problemas vienen con lo que uno no espera. Y no nos referimos a lo sorprendente que resulta siempre que un oso se nos eche encima, sino a las subtramas que soportan la acción y que, como poco, dan una pereza descomunal. Al contrario de Cuando todo está perdido, donde el director se permitía el atrevimiento casi vanguardista de no dar explicaciones, En el corazón de la bestia no para de darlas. Y todas desazonan bastante.
Brad Pitt en San Sebastián durante la presentación de En el corazón de la bestia.EFE
Resulta que el protagonista es un excombatiente con un estrés postraumático de caballo (o de perro) que comparte con el propio perro, el también con un estrés postraumático de ser humano (o de perro también). Resulta que los dos cayeron un mal día y que su amistad viene de lejos, de cuando como camaradas se dedicaban en cuerpo y alma a matar gente por el mundo sin el menor amago de remordimiento. Resulta que su viaje en soledad no es de expiación para pedir perdón de todas las barbaridades cometidas, sino para relajarse bebiendo cerveza belga. No es que todo esto esté mal, es que simplemente resulta patético.
Pero como si las explicaciones dadas no fueran suficientes, de tanto en tanto, y en plena faena de supervivencia, surgen de la pantalla escenas de guerra color sepia que recuerdan aquellos tristes momentos. Bien está que sea blockbuster, bien está que haya que subrayarlo todo varias veces porque ya nos dice PISA que andamos mal de atención, pero todo debería tener un límite. Por supuesto, ni un amago de crítica ni menos de autocrítica. Nuestro héroes, el humano y el canino, no penan por sus víctimas, sino por los compañeros caídos única y exclusivamente. A lo demás, que les ladre otro perro.
Así las cosas, y aceptando que las escenas de acción resultan tan efectivas como impactantes, el conjunto se resiente de ese mal tan extendido que se llama mala conciencia: ¿de verdad es legítimo proponer un entretenimiento de palomitas con un presupuesto tan chusco? Si no se es escrupuloso, adelante. Si se es, pues a roer otro hueso. Dicho lo cual, entre la humanidad de uno y la caninidad del otro, lo segundo, ¡dónde va a para! Al fin y al cabo, al perro le entrenaron para matar, no lo eligió, y su conciencia depende del tamaño del premio solamente. Guau.
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