Con el motor a reacción de un bombardero, este coche quiso alcanzar los 800 km/h y ha desaparecido justo antes de su subasta
No todos los coches increíbles terminan vendiéndose por millones. Algunos ni siquiera llegan a venderse, como le ha pasado a nuestro protagonista: el Flying Caduceus, un vehículo único que aspiró a convertirse en el primer coche a reacción capaz de superar la mágica cifra de 500 mph (805 km/h) y que, pese a su espectacularidad e importancia histórica, ha sido retirado de una subasta antes de que pudieran pujar por él. El Flying Caduceus fue una idea del doctor Nathan Ostich a finales de los años cincuenta. Cualquier intento de récord de velocidad seguía dependiendo de -enormes- motores de pistones, pero Ostich imaginó algo completamente distinto y muy loco: un coche impulsado por una turbina a reacción de un avión que sería capaz de llevar el "coche" más allá de los 800 km/h. El motor elegido era un turborreactor General Electric J47-19, desarrollado originalmente para que el gigantesco bombardero estratégico Convair B-36D pudiera despegar en menos distancia. La historia es muy curiosa. El B-36 original fue el mayor avión de motores de pistón producido en serie de la historia, pero sus seis motores radiales no eran suficientes. Le faltaba potencia y las carreras de despegue eran demasiado largas y su velocidad máxima muy baja. Convair lo solucionó con la versión B-36D, poniendo cuatro motores a reacción auxiliares, además de los seis originales, con lo cual tenía motores de pistón y de reacción al mismo tiempo. Cada General Electric J47-19 generaba 5.200 libras de empuje, una cifra equivalente a alrededor de 7.000 CV de potencia a velocidades cercanas a los 800 km/h. Estaban modificados para consumir gasolina de motores de hélice, así Nathan Ostich lo vio claro: era ideal para ponérselo a un coche. Un misil con ruedas construido por aficionados El Flying Caduceus se construyó alrededor de un chasis tubular de acero recubierto por una carrocería de aluminio. El habitáculo se situaba muy adelantado, por delante del eje delantero, y extremadamente bajo. Llevaba suspensión independiente procedente de Chevrolet y frenos de disco Halibrand de 14 pulgadas en las cuatro ruedas, además de un paracaídas de frenado de más de dos metros de diámetro. Está considerado el primer coche diseñado específicamente para batir récords de velocidad con un motor a reacción Las primeras pruebas en Bonneville durante 1960 revelaron diversos problemas de diseño y desarrollo. El proyecto regresó posteriormente a las salinas y, en 1963, alcanzó una velocidad máxima registrada de 359,7 mph (579 km/h). El verdadero enemigo no era el motor, sino los neumáticos Tenía potencia de sobra, pero había otro problema: por aquel entonces no había neumáticos que aguantaran semejante prueba. A 800 km/h, un neumático convencional de unas 20 pulgadas de diámetro tendría que girar a unas 8.400 rpm. Eso supone fuerzas centrífugas cercanas a los 20.000 G, suficientes para destruir cualquier neumático de la época. Ostich acudió a Firestone. El fabricante aceptó el desafío y desarrolló un neumático específico de 48 pulgadas con llantas de aluminio de 34 pulgadas, capaces de soportar unas cargas que hasta entonces parecían imposibles. Aquella colaboración fue casi tan importante como el propio coche, porque demostró que era posible desarrollar neumáticos para velocidades extremas. El coche que abrió el camino a todos los demás No logró el objetivo de superar las 500 mph ni siquiera estableció un récord mundial, pero fue el precursor de los coches-bala que acabarían batiendo el récord de velocidad terrestre hasta superar la barrera del sonido. El Flying Caduceus fue el primer intento serio de construir un coche impulsado por una turbina a reacción con el único objetivo de batir récords. Después llegarían nombres como Spirit of America, Blue Flame, Thrust2 y Thrust SSC. Este último batió en 1997 el récord de velocidad terrestre. El ThrustSSC sigue siendo, a día de hoy, el único vehículo terrestre que ha superado la barrera del sonido, alcanzando 1.227,985 km/h (Mach 1,016) sobre el desierto de Nevada. El Flying Caduceus fue en cierto modo un pionero. Por eso resulta llamativo que, cuando salió a subasta con Bonhams hace unos días, tuviera una estimación relativamente modesta de entre 70.000 y 90.000 dólares. Finalmente ni siquiera llegó a venderse, lo retiraron antes de la subasta sin que se hayan explicado los motivos. Quizá vuelva a aparecer en el mercado dentro de unos años. O quizá regrese al anonimato de una colección privada.
DI DiariomotorActualizado hace 2 h4 min de lectura
No todos los coches increíbles terminan vendiéndose por millones. Algunos ni siquiera llegan a venderse, como le ha pasado a nuestro protagonista: el Flying Caduceus, un vehículo único que aspiró a convertirse en el primer coche a reacción capaz de superar la mágica cifra de 500 mph (805 km/h) y que, pese a su espectacularidad e importancia histórica, ha sido retirado de una subasta antes de que pudieran pujar por él. El Flying Caduceus fue una idea del doctor Nathan Ostich a finales de los años cincuenta. Cualquier intento de récord de velocidad seguía dependiendo de -enormes- motores de pistones, pero Ostich imaginó algo completamente distinto y muy loco: un coche impulsado por una turbina a reacción de un avión que sería capaz de llevar el "coche" más allá de los 800 km/h. El motor elegido era un turborreactor General Electric J47-19, desarrollado originalmente para que el gigantesco bombardero estratégico Convair B-36D pudiera despegar en menos distancia. La historia es muy curiosa. El B-36 original fue el mayor avión de motores de pistón producido en serie de la historia, pero sus seis motores radiales no eran suficientes. Le faltaba potencia y las carreras de despegue eran demasiado largas y su velocidad máxima muy baja. Convair lo solucionó con la versión B-36D, poniendo cuatro motores a reacción auxiliares, además de los seis originales, con lo cual tenía motores de pistón y de reacción al mismo tiempo. Cada General Electric J47-19 generaba 5.200 libras de empuje, una cifra equivalente a alrededor de 7.000 CV de potencia a velocidades cercanas a los 800 km/h. Estaban modificados para consumir gasolina de motores de hélice, así Nathan Ostich lo vio claro: era ideal para ponérselo a un coche. Un misil con ruedas construido por aficionados El Flying Caduceus se construyó alrededor de un chasis tubular de acero recubierto por una carrocería de aluminio. El habitáculo se situaba muy adelantado, por delante del eje delantero, y extremadamente bajo. Llevaba suspensión independiente procedente de Chevrolet y frenos de disco Halibrand de 14 pulgadas en las cuatro ruedas, además de un paracaídas de frenado de más de dos metros de diámetro. Está considerado el primer coche diseñado específicamente para batir récords de velocidad con un motor a reacción Las primeras pruebas en Bonneville durante 1960 revelaron diversos problemas de diseño y desarrollo. El proyecto regresó posteriormente a las salinas y, en 1963, alcanzó una velocidad máxima registrada de 359,7 mph (579 km/h). El verdadero enemigo no era el motor, sino los neumáticos Tenía potencia de sobra, pero había otro problema: por aquel entonces no había neumáticos que aguantaran semejante prueba. A 800 km/h, un neumático convencional de unas 20 pulgadas de diámetro tendría que girar a unas 8.400 rpm. Eso supone fuerzas centrífugas cercanas a los 20.000 G, suficientes para destruir cualquier neumático de la época. Ostich acudió a Firestone. El fabricante aceptó el desafío y desarrolló un neumático específico de 48 pulgadas con llantas de aluminio de 34 pulgadas, capaces de soportar unas cargas que hasta entonces parecían imposibles. Aquella colaboración fue casi tan importante como el propio coche, porque demostró que era posible desarrollar neumáticos para velocidades extremas. El coche que abrió el camino a todos los demás No logró el objetivo de superar las 500 mph ni siquiera estableció un récord mundial, pero fue el precursor de los coches-bala que acabarían batiendo el récord de velocidad terrestre hasta superar la barrera del sonido. El Flying Caduceus fue el primer intento serio de construir un coche impulsado por una turbina a reacción con el único objetivo de batir récords. Después llegarían nombres como Spirit of America, Blue Flame, Thrust2 y Thrust SSC. Este último batió en 1997 el récord de velocidad terrestre. El ThrustSSC sigue siendo, a día de hoy, el único vehículo terrestre que ha superado la barrera del sonido, alcanzando 1.227,985 km/h (Mach 1,016) sobre el desierto de Nevada. El Flying Caduceus fue en cierto modo un pionero. Por eso resulta llamativo que, cuando salió a subasta con Bonhams hace unos días, tuviera una estimación relativamente modesta de entre 70.000 y 90.000 dólares. Finalmente ni siquiera llegó a venderse, lo retiraron antes de la subasta sin que se hayan explicado los motivos. Quizá vuelva a aparecer en el mercado dentro de unos años. O quizá regrese al anonimato de una colección privada.
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