«Hotel Lutetia. El confort perfecto. Buena cocina. Excelente bodega. Precios razonables». Así rezaba uno de los anuncios en prensa de esta joya de la rive gauche parisina. Epicentro cultural e intelectual del París de entreguerras, era habitual encontrar bajo sus lujosas lámparas de araña o en el bar del sótano a Picasso, Matisse, Hemingway, Brecht, Beckett o Joyce, atraídos por el encanto particular de uno de los inmuebles más fascinantes de una ciudad repleta de fascinantes inmuebles.

Escritores, artistas, burgueses de provincias y otros huéspedes ilustres encontraban en el establecimiento inaugurado en 1910 como extensión de Le Bon Marché, uno de los primeros grandes almacenes del mundo, un alojamiento más asequible que los que ofrecían el Ritz o el Meurice, plazas nobles al otro lado del Sena. No parecían dispuestos a renunciar al confort perfecto, la buena cocina o la excelente bodega, pero preferían los precios razonables de esa amalgama entre el art nouveau y el art déco presente en la ondulante fachada y los fastuosos interiores del edificio.

En los locos años 20, incluso en los turbulentos inicios de la década posterior, ninguno de aquellos clientes podía suponer que el edificio pronto pasaría a ser el principal espacio de reunión de los políticos e intelectuales alemanes de la República de Weimar, que se contaban entre los más de 60.000 exiliados tras el incendio del Reichstag en 1933 y el inicio de las persecuciones de los camisas pardas de las SA. Ya durante la ocupación, con las garras de la Alemania nazi cerniéndose sobre Francia, el Lutetia pasó de un día para otro a ser la sede principal en París de la Abwher, el servicio de inteligencia militar del Tercer Reich. Tras la capitulación de las potencias del eje, esas mismas habitaciones, pasillos enmoquetados y amplios salones que habían servido de salas de interrogatorio, almacén y centro de operaciones se transformarían en el mayor centro de acogida de los prisioneros que regresaban de los campos de concentración.

Son los tres momentos clave de este símbolo de un convulso momento histórico que la escritora e historiadora Jane Rogoyska retrata con rigor documental y trepidante pulso narrativo en Hotel Exilio (Salamandra), entretejiendo los hilos invisibles de quienes orbitaron el Lutetia antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial.

Para saber más

Mientras se documentaba para su primer libro, sobre la fotoperiodista Gerda Taro y Robert Capa, Rogoyska descubrió a este variopinto grupo de intelectuales antifascistas alemanes que habían huido de Alemania con la esperanza de volver pero sin más certeza que su propio desarraigo. «Antes de eso vivían muy cómodamente y eran muy respetados, pero se encontraron en una situación realmente difícil en París», explica por videoconferencia rodeada de su generosa biblioteca.

Unas decenas de aquellos apátridas a su pesar, atraídos por la fama del hotel de acoger a grupos políticos diversos (no en vano se conocía como «la Suiza de París»), conformaron primero el Círculo y luego el Comité Lutetia, un intento fallido de unificar la oposición a los nazis a través del Frente Popular Alemán. Las diferencias irreconciliables entre las distintas facciones de la izquierda germana hicieron naufragar cualquier posibilidad de éxito, mientras un tal Adolf Hitler acumulaba poder y comenzaba su implacable expansión.

Abrumada por la inagotable avalancha de títulos en torno a la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, esta antigua estudiante de cine buscaba una nueva perspectiva, una manera distinta de abordar uno de los mayores dramas humanos del siglo XX, cuyos ecos y repercusiones siguen resonando con fuerza en pleno siglo XXI. Encontró esa nueva vía en el hotel, que se le antojó «un prisma desde el que observar el mundo».

Hilvanando relatos orales, material de archivo y detalles del día a día extraídos de memorias y diarios personales, la pretensión de la escritora es invitar a quien se adentra en Hotel Exilio a conocer las idas y venidas, los reencuentros y las pérdidas de un enjambre de voces superpuestas y complementarias. «Se trata en gran medida de situar al lector junto a los personajes, y por eso lo abordo de una manera bastante novelística y literaria, más que desde un enfoque histórico-analítico», admite la finalista del Women's Prize 2026 en la categoría de no ficción. «Quería fijarme en la gente de a pie y contar cuál había sido su experiencia, para luego dejar que el lector extrayera sus propias conclusiones».

Deportados franceses repatriados de los campos de concentración, en el salón del hotel en mayo de 1945.AFP

Por las páginas del libro deambulan la figura trágica de Walter Benjamin y su periplo hasta su triste destino final en Portbou, la fotógrafa Gisèle Freund, retratista de toda aquella generación truncada por la guerra, o la novelista Anna Seghers, autora de Tránsito, uno de los libros que guía algunos de los pasajes de Hotel Exilio. «Había muy pocas mujeres y casi ninguna familia entre los exiliados, pero ella logró crear ese ambiente familiar en la peor de las incertidumbres».

No todos han sobrevivido al alzhéimer de la desmemoria colectiva. Rogoyska también reconstruye con trazo fino la vida cotidiana tanto de colaboracionistas como de héroes anónimos de la resistencia, además de reflejar vívidamente el entusiasmo inicial y la pérdida de la inocencia posterior de los jóvenes que recibían a los cientos de deportados que llegaban a las puertas del hotel cada día entre abril y agosto de 1945. Fueron hasta 20.000, un tercio de todos los que regresaron a Francia, los deportados procedentes de Dachau, Auschwitz y otros centros de exterminio que llegaron al Lutetia convertidos en cadavéricas siluetas con un número tatuado en el brazo y la mirada perdida.

El contraste entre los tres periodos es tan elocuente como desgarrador. Si el hotel previo a la guerra sigue siendo ese acogedor espacio de lujo accesible, a pesar de los sacos terreros en el exterior para evitar desperfectos por los bombardeos, la presencia del jefe de los espías de Hitler y sus secuaces lo convierte en un bastión inexpugnable rodeado de alambradas en el que, de puertas adentro, los nazis se dan la gran vida.

Expulsado el invasor, para recibir a los supervivientes «se instalan mamparas en la planta baja, cerca del vestíbulo; se colocan mesas en hileras ordenadas; hay máquinas de rayos X y personal médico con batas blancas». En el exterior, las fotografías y mensajes de las familias empapelan el edificio. «Para los deportados que regresaban supuso su vuelta a la humanidad, una especie de puerta de entrada a ser tratados como seres humanos de nuevo», afirma Rogoyska.

"Los espías alemanes vivieron allí su propia forma de exilio. durante cuatro años, bebían champán mientras otros morían de hambre"

Las estampas que describe la autora son tan punzantes como certeras. Entre ellas destaca la del «complejo y contradictorio» almirante Wilhelm Canaris, que en lugar de dobermans tenía a dos mimados perros salchicha. Aparte de desarticular células de la Resistencia, este hombre bajito, de pelo blanco y voz casi inaudible dedicó buena parte del tiempo que pasó en París a expoliar la bodega y la despensa del Lutetia y se hizo enviar a Alemania cantidades industriales de todo tipo de delicatessen francesas. No se llevó lo mejor, desvela la autora: para evitar que cayeran en manos de los nazis, el sumiller del hotel escondió los mejores vinos en un rincón del sótano del edificio y lo tapió con ayuda de otros miembros del staff.

A pesar de ser tratados por el personal del hotel como unos huéspedes más, los integrantes de la Abwehr vivieron allí su propia forma de exilio. De hecho, a Rogoyska le sorprendió lo inseguros que se sentían los ocupantes: «Me llamó mucho la atención que se consideraban como una especie de turistas forzosos, y cómo admiraban y envidiaban a los franceses. Eran conquistadores pero también estaban, de alguna manera, fuera de lugar y echaban de menos a su país y a sus familias. Estuvieron en un hotel de lujo bebiendo champán durante cuatro años mientras otras personas se morían de hambre. Es un contraste muy interesante y poderoso».

De entre todos los protagonistas, secundarios y figurantes que cruzaron la puerta giratoria del Hotel Lutetia, el que merece una película de Hitchcock o Tarantino es el sacerdote luxemburgués Robert Alesch, responsable directo de la detención y deportación de decenas de integrantes del llamado «ejército de las sombras» de la Resistencia. Su dominio del francés y el alemán, su alzacuellos y su habilidad para el engaño hacían de él el espía perfecto. Tras ganarse la confianza de los que prestan ayuda humanitaria a fugitivos y aviadores aliados que intentan cruzar a la zona no ocupada, Alesch «pasa las tardes bebiendo con los oficiales de la Abwehr en el Lutetia y las noches con sus dos amantes en un elegante piso de la rue Spontini, antes de regresar por la mañana a su parroquia para ponerse la sotana y predicar el patriotismo a sus feligreses».

Gracias a su inmersión total en documentos y archivos de la época, Rogoyska encuentra una reflexión del propio cura que expone su vanidad antes de ser fusilado por un pelotón francés en 1949 tras un largo proceso penal. «Los alemanes me halagaban con cumplidos que no eran inmerecidos. Admiraban mi conocimiento de lenguas, mi finura psicológica e incluso mi sentido innato de la aventura. En cuanto a mí, sentí que esta nueva ocupación explotaba un punto débil de mi alma del que no había sido consciente hasta entonces, y que al final terminó por gustarme».

"Para quienes volvían de los campos de concentración fue una puerta a ser tratados como seres humanos de nuevo"

«Un hotel es como una estación de tren a cámara lenta: un lugar para personas que están de paso. Una parada temporal en un viaje hacia alguna otra parte. Una imitación de un hogar, que ofrece consuelo sin amor. Y, a veces, también un lugar en el que refugiarse para ocultar una vida secreta», expone la autora al comienzo del libro. Asomarse a lo que hay detrás del telón de la historia, allí donde nadie se fija, también supone explorar los recuerdos de sus tramoyistas, el personal del hotel, encargado de mantener a flote aquel singular transatlántico de piedra caliza varado junto al Sena. «No hay ningún libro escrito por un conserje», le dice a Rogoyska quien ocupó ese cargo en el Lutetia durante décadas, como ejemplo máximo de su escrupulosa discreción.

«En mis conversaciones con el personal que trabaja allí actualmente me sorprendió mucho ese orgullo que muestran por ser invisibles, por servir sin ser percibidos», sostiene la también autora de Surviving Katyn, sobre la matanza de miles de prisioneros de guerra polacos ordenada por Stalin en 1940. «Limitarse a servir a la gente sin juzgarla es un lugar bastante desolador en el que encontrarse a nivel moral».

Ocho décadas y una reforma integral después, el Lutetia ahora forma parte de la cadena hotelera Mandarin Oriental, es propiedad de un magnate israelí y será uno de los escenarios del rodaje de la cuarta temporada de The White Lotus, ácida radiografía de la frivolidad y la desconexión moral que fomenta el lujo más obsceno. Su magia de antaño se desvanece al mismo ritmo que han subido sus precios, que superan los 10.000 euros por noche en las suites que llevan los nombres de Francis Ford Coppola e Isabelle Huppert. «Yo no conocí el Lutetia en su día, pero cuando hablé con directores del hotel de antes de la renovación me dijeron que había perdido parte de su encanto. 'Ya no es lo que era', insistían».

En ese proceso acelerado por el turismo de masas y la conversión de las grandes ciudades en parques temáticos también se ha desdibujado el papel del edificio durante aquellos años que trastocaron el orden mundial. «No creo que la mayoría de sus clientes actuales tengan ni idea del pasado... y probablemente tampoco les interesa. Hay una pequeña placa azul en el exterior que rememora el regreso de los deportados. En todo caso, la historia…

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