Una faena para la historia del toreo, otra más, firmó Morante de la Puebla en la tarde de su repetición en Jerez, convertida la plaza en un manicomio. Cuando lo paseaban a hombros por la puerta grande frente al monumento a Rafael de Paula, todo cobraba sentido. Manzanares se sumó a la procesión subido al lujo de la corrida de Álvaro Núñez. Juan Ortega paseó una sola oreja, pero dejó vibraciones de esperanza.

Morante levantó el verdadero homenaje a Rafael de Paula con el capote un día después. A las 19.14 de este 16 de mayo de 2026 desplegó una antología a la verónica que despertó a los duendes dormidos del barrio de Santiago, por donde sonaba un eco de fragua. Una sucesión de bronces, de verónicas como bronces, quiero decir, profundizaron en un tratado del lance. Era el quejío de Rafael, su compás allí expuesto. La marea no paró de crecer y así, en la quinta y sexta verónica, el toreo se paró definitivamente, detenido el tiempo. Una larga cordobesa, tan garbosa, se posó en su hombro, cerrando aquel maravilloso saludo que había nacido genuflexo, confiado en la espera, para levantar, ya digo, el más hermoso homenaje a el Paula un día después. Ya estaba pagada la entrada.

El galleo con el capote a la espalda continuó el recital entre el ole de la vistosidad y el ¡ay! de un casi atropello, ceñidísimo en la suerte. Se notó siempre que Morante traía una fe ciega en lo de Álvaro; la fe que no había el día anterior. Y así, a este toro con aire de vaca vieja en su embestida sin empuje, le ofreció todas las ventajas, queriéndolo torear solo con los vuelos. Perdía pasos para darle el sitio que necesitaba y, aunque se le durmiera por abajo, el maestro sostenía el derechazo o el natural con la pureza del embroque.

Carlos Núñez

En el breve par de minutos que usó para cambiar la muleta, el toro recobró espíritu y la faena continuó al unipase, dibujado o intuido el prodigio de la cintura y el empaque hasta un monumental pase de pecho final. Hay obras que sin ser macizas contienen el hilo del toreo, y ésta lo tenía, ese hilván. No estaba claro el toro para matarlo; en la suerte natural echó la cara arriba y Morante se quedó en ella, sacándole el chaleco de un pitonazo. El pinchazo le dolió más, pues perdía la oreja presentida. Hizo así con la mano desde el tercio, tras otro pinchazo y una estocada: "En el siguiente".

Y en el siguiente fue. A las 20.29 José Antonio Morante volvió a transmutarse en Rafael Soto, enfrontilado, sin el chaleco, arrebatado y, sobre todo, sabio. A veces Paula y a veces Ordóñez. A aquel toro de nombre Negro -como el del rabo del año pasado aquí en Jerez-, que se soltaba, manseaba todo y se volvía al revés, lo acabó atrapando a base de consentirlo y exponerle con la clave del valor. Imantado el toro -tras un accidentado principio, la muleta partida antes de que se partieran las camisas- desencadenó el arte. Otra vez la confianza ciega en lo de Álvaro y en el toro que, al final del cuento, lo tenía. Pero había que llegar a ese fondo escondido. Algo al alcance de muy pocos, y de nadie sin renunciar a la pureza.

La obra de entrega absoluta, desgarro y armonía, todo a la vez, durmiendo naturales y derechazos, tan despacio, acabó en apoteosis. Qué locura de torero, qué manicomio Jerez. Un pinchazo en todo lo alto, una estocada enterrando hasta la mano en el hoyo de las agujas. Con ella se tocó el rostro y quedó pintado por la sangre del toro. El dramatismo de la muerte en todo su apogeo. Dos orejas con todas las de la ley para dibujar, ahora, la sonrisa en su rostro. Cumbre, absolutamente cumbre. Otra faena para la historia.

La obra de entrega absoluta, desgarro y armonía, todo a la vez, durmiendo naturales y derechazos, tan despacio, acabó en apoteosis. Qué locura de torero, qué manicomio Jerez

A las 19.45, el público pedía locamente la segunda oreja para José María Manzanares y yo me descubrí pidiendo la vuelta al ruedo en el arrastre para el toro: Tabalacero fue la quintaesencia de la bravura 3.0, ese modo de volcar de la cara con un ritmo sostenido alucinante, una clase proverbial. Esta formidable manera de embestir provoca que la gente crea que está viendo torear bien cuando lo que realmente ve es embestir extraordinariamente bien. Lo que ha logrado Nuñez en apenas tres años es de Nobel de química. La faena fue de menos a más -obviados los primeros tirones- y el colofón de la estocada liberó la petición de la segunda oreja mientras yo pedía la vuelta al ruedo para el toro. Esa oreja que faltó la conquistó con un quinto que, a falta de un paso más, también derramó el lujo de toda la corrida. Una calidad joyosa. Qué lote.

Juan Ortega esbozó cosas bonitas con un medio toro de buen pitón izquierdo a falta de una arquitectura mejor, que es la asignatura pendiente. Lo extraordinario vino después con el capote, a la verónica y en un quite por cordobinas. Y en un principio de faena sensacional. Como en un par de tandas, por una y otra mano, que encontraron el quid, tantas veces exigido, de enganchar las embestidas. Este sexto, incluso algo a menos, como la faena, puso un buen broche a la categoría de Álvaro Núñez. Cayó una oreja en su esportón de Ortega, quien por momentos deletreó el toreo.

PLAZA DE TOROS DE JEREZ. Sábado, 16 de mayo de 2026. Última de feria. Lleno de "No hay billetes". Toros de Álvaro Núñez; compusieron un lujo de corrida, en diferentes grados de bravura; extraordinario el 2º

MORANTE, DE TABACO Y ORO. Dos pinchazos y estocada (saludos); pinchazo y estocada (dos orejas).

MANZANARES, DE MARINO Y COBRE. Estocada (oreja y petición); pinchazo y estocada delantera (oreja).

ORTEGA, DE AZUL Y ORO Pinchazo y estocada delantera (saludos); pinchazo y estocada (oreja).

Se guardó un minuto de silencio en el aniversario de Joselito.

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