Europa lleva años despidiéndose poco a poco del diésel. Las ventas han caído, cada vez quedan menos coches nuevos con este tipo de motor y fabricantes como Volkswagen han ido reduciendo su presencia en sus gamas. Y, sin embargo, al otro lado del Atlántico hay un sencillo motor diésel de solo 52 CV recorriendo miles de kilómetros con un combustible que prácticamente tiramos a la basura. La historia tiene como protagonista a un Volkswagen Dasher de 1981, el nombre con el que se comercializaba en Estados Unidos la primera generación del Volkswagen Passat. Sus propietarios están intentando llevarlo hasta Florida con una condición especialmente interesante: no comprar combustible durante el viaje. Porque su depósito no se está llenando con gasóleo, sino con aceite vegetal usado procedente de cocinas y restaurantes. El coche pertenece a los responsables del canal Airborne Entertainment y, según explican desde Autoblog, llevaba más de una década parado antes de que sus actuales propietarios lo comprasen. En algún momento de su vida había sido modificado para poder utilizar aceite vegetal como combustible, aunque aparentemente la conversión ni siquiera había llegado a probarse correctamente. La mecánica tampoco puede ser más sencilla. Estamos ante un motor diésel atmosférico de cuatro cilindros, 1.588 cm³ y apenas 52 CV, una cifra de potencia que actualmente asociaríamos a un coche urbano extremadamente modesto, pero que en este caso está siendo suficiente para afrontar un viaje de miles de kilómetros. https://youtu.be/CdXgBYVEvtE No había turbo, ni sofisticados sistemas common-rail, ni filtro de partículas, ni AdBlue, ni buena parte de los elementos que encontramos actualmente en cualquier diésel moderno. Y esa sencillez es precisamente una de las claves que hacen posible esta aventura. Los responsables del proyecto comenzaron el viaje sin dinero y se impusieron la regla de no comprar combustible en ningún momento. Eso significa que cada vez que necesitan llenar el depósito tienen que recurrir a restaurantes, establecimientos de comida rápida o cualquier lugar en el que pueda haber aceite de cocina usado esperando a ser retirado. No siempre tienen éxito. En una de sus primeras paradas intentaron conseguir aceite en un McDonald's y recibieron una negativa. Poco después, sin embargo, encontraron lo que necesitaban en los residuos de un restaurante chino, donde pudieron hacerse con suficiente aceite para seguir avanzando. https://www.youtube.com/watch?v=oPG9owwDOVE&pp=ugUHEgVlcy1VUw%3D%3D Pero no basta con echarlo directamente al depósito. El aceite usado contiene restos de alimentos, partículas y todo tipo de impurezas que deben eliminarse antes de introducirlo en el sistema de alimentación. Para conseguirlo, el Volkswagen lleva consigo un sistema de filtrado instalado sobre el propio coche, con el que sus ocupantes preparan el combustible antes de utilizarlo. La idea puede parecer descabellada, pero el principio que permite utilizar aceites vegetales como combustible en determinados motores diésel no es nuevo. Este tipo de mecánicas funcionan mediante encendido por compresión: el aire se comprime dentro del cilindro hasta alcanzar una temperatura suficientemente elevada para provocar la combustión cuando se inyecta el combustible. Eso no significa, ni mucho menos, que podamos coger el aceite que nos ha sobrado después de cocinar y echarlo directamente en cualquier coche diésel. De hecho, hacerlo en un diésel moderno sería una pésima idea. Los actuales sistemas de inyección common-rail trabajan con presiones extremadamente elevadas y tolerancias muchísimo más ajustadas. Inyectores, bombas de alta presión, sistemas de recirculación de gases, filtros de partículas y catalizadores están diseñados para trabajar con combustibles que cumplan unas especificaciones muy concretas. Además, el aceite vegetal presenta una viscosidad considerablemente mayor que el gasóleo, especialmente cuando está frío, lo que puede provocar problemas de pulverización, combustión deficiente, depósitos y daños en el sistema de alimentación. El Volkswagen de esta historia, por el contrario, pertenece a una generación de motores mucho más rudimentaria y además ha sido modificado específicamente para trabajar con aceite vegetal. El viaje tampoco está siendo precisamente sencillo. El coche ha sufrido problemas de temperatura durante el recorrido, sus propietarios han tenido que conseguir dinero recogiendo metal y dependiendo de la ayuda de desconocidos y hasta la marcha atrás del Volkswagen parece funcionar únicamente cuando quiere. Pero precisamente ahí está lo interesante de la historia. No estamos ante un proyecto que pretenda demostrar que el aceite de cocina usado puede sustituir mañana al gasóleo. La cantidad disponible sería insuficiente para alimentar millones de coches y su utilización requiere además un tratamiento adecuado. Lo que sí demuestra es hasta qué punto algunos motores diésel antiguos podían ser sencillos, resistentes y tolerantes con combustibles muy diferentes. Y también pone sobre la mesa una paradoja interesante. Mientras los fabricantes europeos abandonan progresivamente este tipo de mecánicas y el mercado avanza hacia la electrificación, un motor diseñado hace más de cuatro décadas sigue siendo capaz de recorrer enormes distancias utilizando algo que diariamente generamos en nuestras casas y restaurantes. Un residuo que, por cierto, tampoco deberíamos tirar por el fregadero. El aceite doméstico usado debe recogerse y entregarse en los puntos habilitados para su tratamiento. Una vez procesado puede transformarse, entre otros productos, en biodiésel, precisamente una de las formas en las que este residuo puede volver a convertirse en combustible. En el caso de este Volkswagen el proceso es bastante más artesanal: conseguir aceite usado, filtrarlo, introducirlo en un coche con una mecánica extraordinariamente sencilla y continuar conduciendo. No sabemos si el pequeño Dasher conseguirá completar todos los kilómetros que sus propietarios tienen por delante. Pero, de momento, su diésel de 52 CV sigue avanzando sin necesidad de comprar una sola gota de gasóleo. Y quizá esa sea la parte más sorprendente de todo: mientras hablamos constantemente de motores cada vez más complejos, sistemas híbridos, baterías y tecnologías de última generación, un sencillo cuatro cilindros diésel continúa demostrando que, en determinadas circunstancias, para cruzar medio mundo basta con 52 CV y algo que muchos todavía consideran simplemente basura.