En el otoño de 2005, Patrick Radden Keefe (Boston, 1976) era un periodista fracasado. Su primer libro, Escuchas (RBA), acababa de llevarse una colosal bofetada en las librerías. Tampoco le iba bien como freelance: llevaba siete años vendiendo historias a su revista favorita, The New Yorker, pero no había colocado ni siquiera una. Así que, rondando la treintena y aplastado por las deudas, tocaba ser sensato: si escribir no era lo suyo, tendría que ganarse la vida con su título de abogado por la Universidad de Yale. Aceptó la oferta de uno de los mayores bufetes de Manhattan: quizá no cumpliría el sueño de su vida, pero al menos disfrutaría una cuenta bancaria rebosante de ceros.
-Sí, lo admito: iba a trabajar para los malos–, dice el periodista con una mueca traviesa antes de dar un sorbo a un impecable negroni en la terraza del Hotel Alma de Barcelona.
Aquí llega el giro de guión que, como si fuera el protagonista de uno de sus célebres reportajes, cambió para siempre el destino de Patrick Radden Keefe. Al negociar su contrato, se enteró de que el bufete ofrecía anticipos económicos a sus empleados. Así que, echándole bastante jeta, pidió dos favores a su futura empresa: un préstamo de 10.000 dólares y tres meses de libranza antes de incorporarse. Con ese mínimo colchón, se volcó en preparar obsesivamente su ultimísima propuesta para The New Yorker: una investigación sobre un multimillonario imperio de inmigración ilegal proveniente de China.
Casi sobra contar lo que ocurrió a continuación. Radden Keefe recibió su primer ‘sí’ de la revista, rompió su precontrato con el bufete y arrancó una larga carrera que, dos décadas más tarde, le ha consagrado como el gran periodista narrativo de nuestro tiempo. Suyas son obras maestras como No digas nada(2018), una minuciosa intrahistoria del IRA, o El imperio del dolor(2022), una vivisección de la familia responsable de la crisis global de los opioides. Ambas cosecharon ventas millonarias, críticas extasiadas y todos los premios imaginables, además de inspirar series televisivas para grandes plataformas.
Ahora, Radden Keefe vuelve con El hijo del oligarca (Seix Barral) –en catalán, El fill de l'oligarca (Periscopi)-- destinado a convertirse en su mayor éxito comercial hasta la fecha. Este true crime ambientado en un Londres carcomido por la mafia rusa ha sido el libro del verano en EEUU y Reino Unido. La productora A24, famosa por Moonlight o Marty Supreme, ya ha adquirido los derechos para televisión tras una intensísima puja con sus competidoras. Y en España el libro ya va por la tercera edición y se ha instalado en lo más alto de la lista de ventas de La Lectura, la revista cultural de este diario, antes incluso de la campaña de promoción que inundará los medios en los próximos días.
Más charlas con periodistas
Sin hacer más spoilers que los imprescindibles, la trama es la siguiente: a las 02:23 del 19 de noviembre de 2019, una cámara de la sede del MI6, los servicios secretos británicos, capta una oscura figura que sale al balcón del quinto piso de un exclusivo edificio de apartamentos junto al Támesis. La delgada figura que se recorta sobre las ventanas iluminadas se asoma a un lado de la cornisa, cruza a la otra esquina y, finalmente, regresa al centro del balcón. Tras unos segundos, se arroja al vacío.
¿Es un suicidio? ¿Un asesinato? ¿O algo más complejo y perturbador?
De la mano de Radden Keefe, descubrimos la identidad del joven del balcón: Zac Bettler, un chico de 19 años de una familia aparentemente modélica de un barrio rico de Londres. En los últimos años de su vida, el chaval había desarrollado una insana obsesión por el crimen organizado, el consumo más grotesco y las fiestas embadurnadas de champán y otras sustancias. Tal era su monomanía, alimentada por las redes sociales, que se hizo pasar por el hijo de un oligarca ruso, se relacionó con todo tipo de personajes indeseables y, en su irrefrenable carrera de mentiras cada vez más descabelladas, acabó acorralado en aquel balcón del Támesis.
Pero el libro, de 500 páginas, va mucho más allá de la apasionante reconstrucción de la espiral autodestructiva de Zac. También retrata la conversión de Londres en una megafactoría de lavado de dinero de orígenes detestables, el impacto tóxico de las redes sociales en jóvenes cerebros aún en formación, la desigualdad rampante que logra que un chico de clase alta se sienta miserable al lado de las fortunas foráneas y, de fondo, el triunfo de la cultura global de la farsa, con Donald Trump como máximo exponente: la mentira más descarnada ya es una vía legítima para lograr el éxito o, al menos, intentarlo. "No me sorprende que chavales como Zac crean que estafar es una alternativa legítima", dice Radden Keefe.
La historia le llegó en otro de esos giros del destino que han marcado su carrera. En verano de 2023, durante el rodaje de la adaptación de No digas nada, entabló conversación con Andrew Fingret, un amigo del director que visitaba el set. Cuando se enteró de su trabajo como reportero, le dijo: "Quizá tenga un tema para ti". Y empezó a relatarle la historia de Zac.
"Mi email es público desde hace más de 20 años, así que estoy acostumbrado a que me lleguen las historias más peregrinas", relata Radden Keefe. "Normalmente me aburro y sólo quiero que acaben de una vez. Sin embargo, algunas historias me atrapan. Sólo quiero saber más, más, más. Esta fue una de ellas: supe de inmediato que, si los padres de Zac cooperaban conmigo, iba a pasarme el siguiente año investigando este tema".
Dice Radden Keefe que su interés por las vidas ajenas es uno de sus rasgos dominantes desde la infancia. Aunque se crió en un barrio obrero de Boston, sus progenitores eran profesionales liberales: su padre trabajaba de asesor del gobernador Michael Dukakis y su madre era una reputada filósofa de la psiquiatría. Estudió secundaria en la Milton Academy, una escuela liberal de cierto renombre, donde publicó sus primeros reportajes de investigación. Uno de ellos, una minuciosa pieza sobre el asesinato de un jardinero del instituto, ya muestra trazas del futuro autor de clásicos de nuestro tiempo.
Con sólo 14 años, llegó uno de los momentos cruciales de su vocación. Su familia le animó a viajar junto a una amiga de la familia, la escritora Rose Moss, durante una investigación periodística en la Sudáfrica del ‘apartheid’. "Recuerdo que me llevó a ver a un activista que tenía la casa ‘pinchada’ por el espionaje del régimen", relata. "El tipo puso la radio a todo volumen y nos contó todo tipo de confesiones increíbles. Meses después, vi cómo todas esas aventuras se publicaban en forma de libro, Shouting at the crocodiles (1990). Fue alucinante: aunque en ese momento no lo supe, probablemente ahí decidí ser reportero".
Fuera entonces o más tarde, antes de ir a la Universidad ya lo tenía claro: no sólo quería ser periodista, sino "un periodista del New Yorker". Le fascinaba la revista de los reportajes mastodónticos y las viñetas en blanco y negro, claro, pero había algo más: "Cuando era un crío, mis libros favoritos llevaban una enorme foto del autor en blanco y negro en la contraportada. Veía a la fabulosa Joan Didion y me decía: ‘Yo quiero ser ESO’. Era una vocación muy romántica".
"Pensé que no iba a cumplir mi sueño. Es pura estadística: si preguntas a 100 personas de 50 años, ¿cuántos se dedican a lo que querían ser de adolescentes"
Radden Keefe estudió en la Universidad de Columbia y conoció a su esposa, Justyna Gudzowska. Estaba tan colgado de ella que, sin darle más vueltas, siguió sus pasos hasta la Escuela de Derecho de Yale, la más prestigiosa del mundo. Mientras se codeaba con los futuros ‘machos alfa’ de la abogacía, su verdadero afán seguía siendo el mismo: escribir para la revista de Joseph Mitchell, Dorothy Parker o Truman Capote. Pero el semanario rechazaba todas sus propuestas, por muchas vueltas que les diera.
"Escribir allí era mi sueño, sí, pero también sabía que la inmensa mayoría de la gente no logra cumplirlos", afirma. "No es falsa modestia, sino pura estadística: si preguntas a 100 personas de 50 años, ¿cuántos se dedican a lo que querían ser de adolescentes".
Su golpe de suerte llegó aquel otoño de 2005, cuando ‘The New Yorker’ le compró su primer artículo, que más tarde se convertiría en el libro Cabeza de serpiente (Reservoir). Su segunda obra fue otro fracaso en las librerías, agudizado por una despiadada crítica del New York Times, pero al menos le abrió las puertas de la revista. Pagó sus deudas con todo tipo de trabajos alimenticios mientras centraba sus fuerzas en escribir más piezas para el semanario neoyorquino.
Aún tardaría otros seis años en conseguir un trabajo a tiempo completo en la plantilla, pero las leyes nunca volvieron a tentarle. "Se me habría dado fatal ser abogado", afirma. "Se me da extraordinariamente bien concentrarme en cosas que me interesan, pero soy un desastre absoluto con las cosas que me aburren. Es como si tuviera déficit de atención".
Tras el segundo bluf de Cabeza de serpiente, Radden Keefe se sumergió en un lustro de investigación para componer No digas nada (Reservoir), un prodigioso rompecabezas sobre la violencia en Irlanda del Norte. Tan potente era la historia que estaba convencido de que, por fin, iba a consagrarse como escritor de libros. Sin embargo, cuando se publicó en 2018 en Reino Unido, su mercado natural, ni siquiera llegó a fracasar: pasó totalmente desapercibido. "Fueron meses oscuros, pensé que jamás volvería a escribir otro libro", recuerda.
Al año siguiente, sin embargo, No digas nada llegó a las librerías estadounidenses. Allí se fue convirtiendo en un best seller a cámara lenta: lector a lector hasta superar el millón de copias. Después el fenómeno se contagió al resto del mundo, España incluida, donde ha despachado más de 30.000 ejemplares. No sólo eso: ganó el Premio Orwell, se convirtió en una aclamada serie televisiva y ya forma parte del canon literario de lo que llevamos de siglo.
Su siguiente libro, El imperio del dolor (Reservoir), una investigación sobre la familia Sackler, causante de la crisis global de opioides con su agresiva comercialización de la oxicodona, le consolidó en la cumbre del oficio en 2022. Mientras, su popularísimo podcast Winds of change, sobre la teoría de que la mítica balada de Scorpions fue en realidad una creación de la CIA, le abrió nuevo público, con más de 10 millones de oyentes acumulados desde 2020.
Hoy, Radden Keefe goza de un estatus inigualado en el mundo del periodismo, con unas condiciones que son la envidia de todos sus compañeros. Invierte más de seis meses –y sustanciosos recursos económicos– en cada una de sus piezas para The New Yorker. La mayoría de sus investigaciones se saldan con un artículo de unas 10.000 palabras, pero a veces "necesita" convertirlas en libros. De hecho, El hijo del oligarca es la versión ampliada de un reportaje que publicó en 2024, el más leído de ese año en la web de la revista.
Tal es su éxito que Radden Keefe ya es una suerte de celebridad literaria. En su cuenta de Instagram aparece con amigas como Dua Lipa o Sarah Jessica Parker. Ha trabajado de modelo en una reciente campaña de la marca J. Crew. Y se interpreta a sí mismo en el episodio final de la tercera temporada de la serie Industry (HBO).
Zac Bettler, junto a sus padres Rachelle y Matthew y su hermano mayor, JoeDavid Barrie
Dice Radden Keefe que es consciente de su privilegio. Que la suerte ha sido clave en su éxito. Y que gracias a la lentitud de su ascenso ha sido capaz de paladear cada peldaño como si fuera el último. "Si llego a arrasar con 25 años, como Zadie Smith, me habría convertido en un maníaco", afirma. "Ahora me estoy hinchando a comer tarta y, como soy adulto, no me empacho. Lo único que sí me gustaría es darle un poquito de tarta a mi ‘yo’ de 25 años, porque pasó muchísima hambre. Pero así es la vida".
Cree, además, que la propia naturaleza de su trabajo le vacuna contra cualquier conato de engreimiento. La mayoría de su semana laboral consiste en lidiar c…
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